Así lucía la Bogotá gay de los años 70

Desde muy joven, el fotógrafo y artista bogotano Miguel Ángel Rojas entendió que, a pesar de que la estética fue el origen de su obra, no quería que esta estuviera por encima del mensaje que quería transmitir. Encontró que el motor de sus creaciones era la fuerza de la belleza, o la ausencia de la misma como él lo confiesa, que se le iba presentando desde la distorsión de lo normativo: en lo social, en lo artístico, en lo político, en lo sexual.

Esa distorsión, alimentada por la convicción de que la fotografía –desestimada por los artistas en esa época– era también un discurso artístico, lo llevó a mediados de los años 70 a enfocar una realidad bogotana de la que él hacía parte, desde el armario. Reprimida y vergonzante, la comunidad gay de esos años se restringía clandestinamente a lugares oscuros y peligrosos enclaves del centro de la ciudad. Desde las sombras capturó encuentros sexuales de hombres reunidos en las salas y baños de los míticos cinemas Faenza y Mogador.

Paralelamente, ensayaba en el año 75 un nuevo lente teleobjetivo, apuntando desde la ventana de un estudio en el que vivía en el centro de Bogotá hacia una esquina en la que confluían diversas realidades de clase, de género, de pasado, de presente, presas de su ánimo voyerista por relatar una realidad personal.

Aquella serie de fotos a color, muy difícil de reproducir en la época, se mantuvieron ocultas en su archivo personal hasta el año 2016, cuando se exponen como instalación en la Feria Internacional de Arte de Bogotá ARTBO, en la central sección de Referentes.

Hoy, casi 50 años después, la editorial independiente Jardín publicaciones reunió 12 de estas fotografía inéditas, más algunas pertinentes de la serie Teatro Mogador, en el foto-libro La Esquina Rosa.

Lejos de ser un libro de lujo o gran formato, Esquina Rosa es una experiencia íntima con la fotografía. Conserva la intimidad vouyerista del fotógrafo en su ventana mirando hacia aquella esquina, y sin ser pretencioso, pone al lector a observar la vida junto a Miguel Ángel, pues el tamaño del libro permite experimentar las proporciones del escenario inicial.

Tal vez, la magia de “su realidad” surgió de unos experimentos con la cámara de su papá, mientras descubría que se podían hacer fotos de larga exposición. Fue un autorretrato con luz de luna que él considera, si no la obra más importante que ha hecho, sí la más emocionante. “Ese momento intensamente lo recuerdo como un estado subliminal” comenta.

La fotografía era una disciplina que no estaba incluida dentro de las artes plásticas en los años 70; “El mejor fotógrafo era inferior al peor pintor” comenta con gracia. La primera obra que respondió a ese pensamiento fueron las fotos documentales del teatro Faenza. “Me inventé un sistema para hacer esas fotos con 30 segundos de exposición, con condiciones de luz pésimas, apenas con la luz que rebotaba de la proyección de la película” explica en la exposición Referentes de ARTBO.

“Quería hacer algo de peso y entonces miré mi realidad y dije tengo unas diferencias muy notorias con lo normativo: venir de una familia emergente, tener un gran componente indígena, y por otro lado ser gay” comenta.

Esas “falencias” iban a ser los motores de su trabajo: una especie de psicoanálisis y al mismo tiempo de confesión.

Esta serie de fotografías instantáneas tomadas a través de orificios en los baños del cinema Mogador son documentos reales de los encuentros eróticos de varias parejas de hombres.

Fue expuesta como copias reducidas de negativos de 35mm de 0.8 cm de diámetro en la exhibición Vía láctea del Blanton Contemporary Salon en 2008. (Blanton Museum of Art Collections, Universidad de Texas, USA). “Eran imágenes muy fuertes; yo no quería ampliar estas fotos nunca” dice el fotógrafo, que las redujo, en completa contraposición a las corrientes fotográficas que buscaban la ampliación de la imagen.

Ese descubrimiento se traduce en la relación del espectador con la foto: tiene que esforzarse al mirarlas, casi con el mismo tamaño del orificio del que él hizo la foto, un completo relato de una manifestación boyerista. Allí entendió que el lugar de la imagen y del arte está en la mente de la gente, más que en las paredes de un museo.

La idea generadora de todo su trabajo fue la necesidad de responder a todas las incongruencias que encontraba frente a las diferencias que tenía con lo normativo: la orientación sexual, su raíces indígenas y la clase social emergente. Desde muy temprano entendió que esas diferencias lo definían y decidió empezar por ellas, poner el dedo en la llaga, y empezó a hablar de las diferencias que tiene. Ese ha sido su planteamiento, entendiéndolo después de 50 años de trabajo artístico y sigue siendo su planteamiento más fuerte.

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