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El cielo para homosexuales Imprimir E-mail
Por Antonio Medina / Notiese   
Lunes 7 de diciembre de 2009

México, Distrito Federal.- La declaración del cardenal mexicano Javier Lozano Barragán en la que afirma que los homosexuales “no entrarán en el Reino de los Cielos”, refleja la postura de una Iglesia lejana a su feligresía. Una Iglesia que está en otra parte, en otra época. Es una Iglesia que no entiende la evolución de la humanidad y su camino hacia formas civilizadas e igualitarias de convivencia entre pueblos y personas.
 
Las venenosas palabras del funcionario del Vaticano fueron retomadas de la carta de San Pablo a los Romanos (1, 26-27), en la que se condena moralmente la práctica homosexual.
 
Esa cita intenta atemorizar a los homosexuales de todo el mundo que creen en Dios, que tienen fe y que con sus actos y buen comportamiento como ciudadanos se están ganando la posibilidad de ir al cielo una vez que mueran.
 
Por enésima vez el mensaje de un jerarca religioso pretende controlar los usos que las personas hacen de sus cuerpos, reprimir los deseos intrínsecos y manipular las conciencias a través de la idea del pecado nefando.
 
Ni Barragán ni el mismo Papa Benedicto XVI tienen la autoridad moral para enjuiciar a quienes aman a personas de su mismo sexo. Ambos políticos del Vaticano tienen en su historial actos en los que ha quedado en entredicho su honestidad y compromiso con la humanidad, principalmente cuando han sido omisos y encubridores de gobiernos corruptos y genocidas.
 
Ambos personajes, que han enjuiciado públicamente la diversidad sexual, desconocen deliberadamente que la homosexualidad no es ilegal en la gran mayoría de las naciones del mundo, particularmente en países que han luchado por tener sociedades justas y donde reinen los derechos humanos como fundamento de la convivencia social.
 
La frase completa del ex ministro vaticano de Salud fue: “Tal vez no son culpables, pero actúan contra la dignidad del cuerpo… esto no lo digo yo, sino San Pablo”.
 
Es decir, el purpurado está recurriendo a un precepto dictado hace más de 19 siglos, que ha causado muertes, desdicha y rechazo a millones de personas en diferentes momentos de la era cristiana. Justifica con su dicho la inmoral forma de estigmatizar a las personas por su orientación sexual.
 
Esos preceptos dictados por San Pablo, uno de los pilares de la Iglesia católica, devienen de dogmas irrebatibles que les ha dado el control político e ideológico que ejerce esa religión en muchos países del mundo.
 
Tales dogmas han sido los culpables de asesinatos de mujeres que ven por la salud de otras mujeres; de persecución y crímenes hacia grandes hombres y mujeres del arte, el conocimiento y la ciencia; o el sometimiento y genocidio de sociedades que —según su visión— consideraban profanas, como algunas de las conquistadas por Cristóbal Colón en el siglo XVI.
 
El impacto de esos dogmas ha sido trasladado al terreno de las leyes en algunos momentos de la historia de la humanidad. Han sido los alentadores de grandes crímenes de Estado, de sangrientas guerras y del retroceso científico y cultural de la humanidad.
 
Como resultado de estas atrocidades, la Iglesia católica tiene muchas deudas con la humanidad. Los pecados (para ellos) y violaciones a los derechos humanos (para la ciudadanía laica y democrática) que han cometido sus dirigentes a lo largo de 20 siglos, ha redundado en infelicidad y sufrimiento de su feligresía.
 
No han cumplido con el deber celestial sino con su afán —muy terrenal— de controlar las conciencias, manipular sociedades y ensanchar su poder a través del dinero que quitan a los pueblos por medio de las relaciones políticas, el convite con mafias y la exculpación de criminales.
 
El mensaje segregacionista y homofóbico del político católico Javier Lozano Barragán, por suerte, ha sido interpretado por grandes sectores de la sociedad (católica laica) como maligno, y lejos de provocar que los homosexuales renuncien a sus creencias, las refuerzan, pues a muchos gays, lesbianas, bisexuales y personas transgénero esas declaraciones llenas de desamor y odio, les reafirma que la feligresía está por encima de sus guías espirituales; ya que entienden que esas palabras reflejan la falta de amor, de bondad y comprensión que debe tener un líder religioso, según las propias reglas de la Iglesia católica.
 
Para quienes pertenecen a la comunidad LGBTTTI, y que creen en Dios y la existencia del cielo, las palabras de Javier Lozano Barragán deben contextualizarse en el discurso de una Iglesia obsesionada con el oscurantismo y ansia de poder. Es necesario entender que quienes dirigen políticamente la Iglesia católica no entienden su misión, que es guiar el alma de los corderos de Dios para la felicidad en el amor y la comprensión.
 
Deben entender que su fe y creencias van más allá de lo que dicte un político religioso, cuya agenda sobre la diversidad sexual está enmarcada en el control de los cuerpos y los placeres, así como suprimir la libertad de las personas para amar a quien les dicte su corazón, aún cuando ese corazón pertenezca a una persona de su mismo sexo.
 
La fe de las personas homosexuales debe ser preservada como un valor supremo por sus líderes religiosos, a quienes les tiene que quedar claro que el amor no tiene religión, tiene amor.
 
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