Parejas sin sexo: ¿y ahora qué hacemos?

Nosotros que tanto nos deseamos. Que cualquier cosa era causa y pretexto para seguir haciéndolo. No había mejor forma de expresar lo mucho que nos queríamos que cogiendo. Cuatro años pasamos así. Uno para el otro. Total compenetración. Absoluto entendimiento.

Luego algo pasó. Dos años de ajustes. Trabajo, dinero, familia y pequeños desencuentros. Mucho amor: más relajado, menos demandante. A su modo, intenso. Pero el deseo sexual fue desapareciendo, y con ello nuestros encuentros. Los pocos, repetitivos como ensayos de la misma obra. Tú te pones aquí, yo me pongo acá, ahora hacemos ésto. La espontaneidad suplantada por lo mecánico.

No pensábamos adoptar, montar un negocio ni criar perros. Ningún proyecto en común salvo el de compartir el afecto. Mientras la mayoría de las parejas que conocíamos terminaban -a pesar de los hijos, negocios y perros-, nosotros seguíamos juntos, pero ofuscados por coger cada vez menos.

Ese que, dicen, se basta a sí mismo. Todo a su alrededor se encarga de hacerles creer que están al borde del fracaso. Los amigos. Las canciones. Las películas. Las revistas. No se quieren. Tienen miedo de estar solos. Es costumbre. Son amigos. Deberían separarse. La propaganda de la normalidad les recuerda que no están cumpliendo.

Cuesta mucho desprenderse de la educación sentimental de toda la vida.  Es más fácil cargar el peso de la disfuncionalidad que cuestionar lo aprendido y atreverse a cambiarlo. Mejor desistir que vivir excluido de la zona de confort de las narraciones del amor idealizado, de la pareja feliz “a pesar de todo”.

En su libro Función de medianoche, José Joaquín Blanco argumenta que al enfrentarnos con el modelo social dominante nuestra homosexualidad nos da una diferencia política en todos los aspectos de la vida que también nos confronta con la cruda realidad del sexo sin necesidad de recurrir a la excusa moral del matrimonio y del engendramiento para tenerlo.

La solución está en despojarse del moralismo que te impide cuestionar el modelo heterosexual, monogámico y reproductivo. Estoy seguro de que para algunos puede ser exitoso pero hay que deshacerse del supuesto de que es único, imitable y funcional para todos. Desprenderse de la creencia ciega en la monogamia como prueba máxima de amor y en la exclusividad sexual como realidad y destino biológico universal inalterable. Dejar de pensar en la cama como medidora de los afectos y en la duración de las relaciones como sinónimo de triunfo. Rechazar el dogma de que en las relaciones de pareja sus integrantes alcanzan la plenitud sexual sólo entre ellos. Probar nuevas formas de intimidad entre sus integrantes más allá de acariciarse los genitales. Aprender a ser honestos con nosotros mismos y arrancarnos el egoísmo que nos impide asumir que la persona que queremos no nos pertenece y que tampoco somos los únicos en el mundo que podemos satisfacerla.

Cada pareja es un mundo y en él se establecen sus propios acuerdos. En nuestro caso, decidimos compartir la responsabilidad de satisfacer juntos todas nuestras necesidades lo que implicaría involucrarse sexualmente con otros. Una pareja lo es cuando sus integrantes deciden serlo y no cuando la gente le indica que cumple  al pie de la letra con las reglas de la categoría. Es una definición identitaria cuya estructura se adapta a las necesidades de sus participantes -con sexo o sin él, viviendo juntos o separados, monógamos o polígamos- replanteando los acuerdos cada vez que sea necesario.

Quizá no seamos la pareja que aprobarían nuestros padres y amigos.

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