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La homofobia es el miedo, la aversión o la discriminación de la homosexualidad; el odio, la hostilidad y la desaprobación de las personas homosexuales. La homofobia es escandalosa y peligrosa –incluso a veces letal– cuando es el producto de individuos y de personas organizadas en grupos formales o informales, porque convierte la vida de las lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales (LGBTI) en un auténtico infierno. Con frecuencia, les conduce a un estado de tremenda inseguridad, incluso en el seno familiar. Pero la homofobia es aún más brutal y peligrosa – insistiendo en que es letal- cuando se encuentra en textos legales.
La consagración de la homofobia y el odio a las personas homosexuales en leyes destinadas a organizar la vida de una sociedad a través de ese pacto social que representa el Estado provoca que la persona homosexual se encuentre sin ninguna posibilidad de escape y sin medios para pedir ayuda. Muchos de nosotros hemos experimentado lo que significa vivir en un Estado así: sentimientos mezclados de terror y de traición, de desorientación y de absoluta incredulidad, cuando lo que pretendemos es entender por qué otros suponen que hay algo mal dentro de nosotros. Estos sentimientos, además de conocer perfectamente las dolorosas consecuencias tanto físicas como mentales de la homofobia de Estado, son tan insoportables que nos conducen con demasiada frecuencia a creer que la negación de uno mismo es la única –aunque decepcionante- salida posible. Aun cuando nadie debería ser discriminado, perseguido o asesinado por su orientación sexual, todos sabemos que las posibilidades de una erradicación total de la homofobia o el racismo, o de otras formas de odio, de nuestra sociedad son ínfimas. Probablemente, siempre habrá personas infectadas con el virus del odio homófobo, como siempre habrá violadores, asesinos y torturadores. Lo que, sin embargo, es inaceptable, es la idea de un Estado que apruebe, sancione y fomente estas prácticas, sobre todo cuando este mismo Estado proclama su respeto por los principios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navanethem Pillay, proclamó, en su histórico discurso con motivo de la igualmente histórica Declaración de la ONU, que firmaron en Nueva York el pasado diciembre 66 países, contra la criminalización de la homosexualidad, que: "hay quienes argumentan que como la orientación sexual o la identidad de género no aparecen mencionadas explícitamente en ninguna de las convenciones o tratados, no habría protección. Mi respuesta es que esta postura no se sostiene desde el punto de vista de la legalidad, lo que se confirma además por la evolución de la jurisprudencia. El principio de universalidad no admite excepciones. Los Derechos Humanos son inherentes a todo ser humano." Por todo ello, y por tercer año, ILGA publica su informe anual sobre homofobia de Estado en el mundo. Queremos hacer públicos y acusar a los Estados que, a estas alturas del siglo XXI, todavía siguen tratando a sus ciudadanos y ciudadanas LGBTI como personas de segundo rango, que no merecen ninguna consideración. Quienes no merecen ninguna consideración son estos Estados a quienes debería dar vergüenza denegar a una cantidad significativa de sus ciudadanos y ciudadanas la dignidad, el respeto y el disfrute de todos los derechos en pie de igualdad. Verán en este informe que hay 80 países en el mundo que consideran la homosexualidad como ilegal y que, en cinco de ellos –Irán, Mauritania, Arabia Saudí, Sudán y Yemen– y en algunos lugares de Nigeria y Somalia, los actos homosexuales pueden ser castigados con la muerte. Aunque muchos de los países que aparecen en el informe no llevan a la práctica sistemáticamente sus leyes homófobas, por su propia vigencia estas leyes vienen a reforzar una cultura del miedo en la que una parte significativa de sus ciudadanas y ciudadanos tiene que esconderse del resto de la población. Y aquí radica al problema: muchos gobiernos pueden creer que el daño a las personas sólo se hace real cuando se llevan las leyes a la práctica y se ejecutan las penas, pero de lo que no parecen darse cuenta es de que la ideología homófoba que reflejan sus leyes conduce a cada vez más gente a tomarse la ley por su mano y organizarse amenazando las vidas de las personas LGBTI. Puede ser que estos gobiernos se consuelen pensando que no son responsables de los actos de violencia homófoba que llevan cabo agentes no gubernamentales, cuando en realidad sí lo son. Se trata de otro ejemplo de autoengaño similar al que les hace condenar la orientación homosexual como algo "totalmente extraño a su cultura", como un "regalo envenenado importado de la decadencia occidental", sin percatarse de la paradoja que supone reforzar al mismo tiempo las leyes homófobas que representan el peor legado de su pasado colonial y de una religión traída de fuera. La verdad es que mientras las diferencias en la orientación sexual y la identidad de género o de expresión son innatas -¿Quién estaría tan loco de decidir ser lesbiana en un país extremadamente homófobo?– no se puede decir lo mismo de la homofobia que, con mucha frecuencia, no es sino el resultado de un momento concreto de la historia; momentos y contextos siempre marcados por una enorme desigualdad entre hombres y mujeres. Desigualdad que está en la raíz de la homofobia, la lesbofobia y la transfobia puesto que no cabe ninguna duda de que es en este convencimiento de que hombres y mujeres no deberían ser iguales, de que sus roles son incompatibles y de que existe una jerarquía de dominación de los hombres sobre las mujeres, donde anidan y nacen las posiciones homófobas. En estos contextos en los que la percepción es que un hombre trata a otro hombre como una mujer o que una mujer se comporta como un hombre no es extraño que estas mujeres y hombres sean considerados como una amenaza contra el orden "natural", un orden tan "natural" que exige toda la fuerza de las agencias organizadas, ya sean tradicionales, religiosas o gubernamentales para automantenerse.
Si la homofobia es un fenómeno cultural, algo aprendido, la obligación de toda persona decente es luchar y aislar a quienes la predican. Por esta razón, ILGA sigue publicando sus informes anuales y su mapa sobre homofobia de Estado –y dentro de muy poco tiempo, también sobre la transfobia de Estado– actualizándolos permanentemente en nuestra página Web, y sigue luchando a favor de los derechos de las personas LGBTI en todo el mundo hasta que desaparezcan completamente los países que fomentan la homofobia. Gloria Careaga y Renato Sabbadini Co-secretarios generales ILGA Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex Informe 2009 sobre la homofobia en el mundo Ver archivo pdf (856Kb)
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