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La homosexualidad en el ejército, la clandestinidad castrense |
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Por Mario Roberto Arteaga Arana
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Viernes 31 de julio de 2009 |
Esta semana apareció en el diario El Universal una nota dedicada al caso de un marino mexicano expulsado de la corporación al ser conocida su homosexualidad. Guillermo Gamundi Coronado, dio cuenta de su historia; hace dos años su contrato en la Marina no fue renovado, a pesar de que sus actividades, comportamiento y desempeño eran intachables, sin explicaciones fue dado de baja. A su decir, el motivo fue el que mantuviera una relación sentimental con un capitán.
Hablar de las fuerzas armadas mexicanas puede ser en ciertos aspectos, el tratar de arrojar luz sobre una nebulosa de la cual solo se alcanzan a ver pequeños fragmentos para quienes somos ajenos a esa realidad, es decir viven en un mundo a parte con sus normas, reglamentos y códigos. Si el tema de los Derechos Humanos causa un recelo exacerbado, el tocar la homosexualidad y la discriminación que esta conlleva es un verdadero tabú.
Y no es que las fuerzas armadas no tengan elementos homosexuales, en lo personal tengo un amigo que pertenece a la fuerza aérea y que se asume en lo privado como gay; pero de ahí a hablarlo de forma abierta hay una distancia del tamaño del océano. El parte de algo parecido a la premisa del ejercito gringo que causo tanta polémica durante la era Clinton, “si no me preguntan no lo digo”.
A mitad de la década de los noventas hubo un local en la zona de Garibaldi denominado “el 14” ubicado en lo que un día fueron los baños Ecuador, que por cierto fueron punto conocido de encuentro sexual entre hombres muchos años atrás, este antro era particularmente popular por la gran variedad de clientela que frecuentaba el lugar, que iba desde snobs e intelectuales, mezclándose con las clases populares. Pero los parroquianos predominantes eran soldados en busca de encuentros furtivos con hombres y travestis.
Hoy en día aun abundan los lugares de encuentro a los que asisten militares en diversos puntos de la Cuidad de la Ciudad, en la zona de el Toreo por ejemplo abundan las cantinas en las que en el refugio del anonimato, integrantes de las fuerzas armadas buscan y encuentran sexo en un ambiente clandestino, regularmente insalubre y prácticamente riesgoso de cajón.
Mas allá del cuestionamiento moral, los altos mandos de las corporaciones militares, deberían poner atención en la grave situación de vulnerabilidad en la que colocan a sus subordinados, exponiendo su integridad física y su salud. Y a quien le quede duda de esto basta recordar de los graves casos de discriminación en el ejercito de los elementos que viven con VIH y que han sido dados de baja en acto claramente violatorio de los Derechos Humanos.
Vale la pena dejar a un lado los prejuicios y respetar la individualidad de cada persona, y como en el caso de Gerardo dar oportunidad a quien puede aportar mucho a las instituciones, en lugar de truncar su carrera y aspiraciones en una formalidad hipócrita que condena a la clandestinidad y al silencio bajo la máxima aquella de que “en tiempo de guerra, cualquier hoyo es trinchera”.
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