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Hace 10 años me encontraba con una amiga de la universidad tomando un café en un pequeño local. Unos meses antes había aceptado que me gustaban las mujeres, recuerdo que incluso la palabra lesbiana aún me sonaba algo fuerte; pero en general estaba feliz, porque después de muchos años por fin me sentía plena; era como si una parte de mi que había muerto lentamente a lo largo del tiempo hubiera renacido súbitamente. La gente lo notaba, constantemente me decían que me veía radiante y era justamente como me sentía.
Era algo que quería compartir, así que lo hice con tiento, estudiando bien la situación y sin brusquedades y Elena, mi amiga, siempre me había parecido una persona abierta, sincera y creí que no tendría problema en entender lo que le iba a confesar; pero apenas comencé a confiarle lo que pasaba conmigo, sus ojos se llenaron de lagrimas. Lo primero que me soltó fue: Eso no puede ser cierto, de ahí en adelante se dedico a profetizarme lo infeliz que sería si tomaba ese camino.
Ese día me sentí aplastada, mi destino era ser infeliz, porque de mi interior el amor y mi sensualidad estaba dirigida a las mujeres, estaba marcada de por vida. No era extraño que mi amiga pensara así, si revisas un poco las películas, las novelas, la televisión y lo que se hablaba en aquellos años, la idea de la lesbiana era para poner los pelos de punta a cualquiera; mujeres solemnes, avinagradas, perversas, obsesivas, crueles y de mal corazón dirían las abuelas. Mujeres solas, sin realizarse y regularmente haciéndole la vida imposible a cualquiera.
Quienes asumimos una diferencia vivimos con una marca que pesaba sobre nosotr@s, un estigma que de acuerdo a lo que dice el diccionario es una marca o señal en el cuerpo o peor aún; vergüenza, afrenta, mala fama. Según la wikipedia estigma en sociología es “una condición, atributo, rasgo o comportamiento que hace que su portador sea incluido en una categoría social hacia cuyos miembros se genera una respuesta negativa y se les ve como culturalmente inaceptables o inferiores.”
Ese mismo día decidí rebelarme contra el destino del sufrimiento y empeñarme en la búsqueda y la procuración de mi felicidad, que me gusta pensar, también hace feliz a quienes me rodean y me quieren.
Es lamentable que la sociedad nos marque, a mi como lesbiana, pero a ti que me lees como indígena, como incapacitado, como homosexual, o con la marca que tu puedes traer cargando en este momento y sólo hay una forma de terminar con eso, dejando de colocar esa marca encima de los demás.
A 10 años de distancia mi amiga ha entendido que puedo ser tan feliz o infeliz como cualquiera; que soy tan diferente como cualquier otra persona; pero que lo más importante es que no he sacrificado esa parte de mi, que es por la que fluye el amor que siento por mí, por mi pareja, mi familia y quienes me rodean. Hoy soy una lesbiana plena y orgullosa.
* Rosario Fragoso Luna es diseñadora gráfica. Dudas y comentarios:
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