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El monstruo del clóset Imprimir E-mail
Por Mario Roberto Arteaga Arana   
Viernes 15 de mayo de 2009
Hay elementos en nuestra vida que son privados, que preferimos no hablar de ellos porque los consideramos una parte íntima de nuestras vidas y que las personas que están a nuestro alrededor no necesitan saber: pueden ser episodios tristes de nuestra vida que nos lastima rememorar o son vivencias dulces que nos  ponen una sonrisa en la cara cuando la memoria los deja salir del rincón donde les hemos guardado celosamente.

Estas cosas que se mantienen en el lugar más íntimo de nuestras vidas es como una pequeña caja de recuerdos que vamos llenando a lo largo de nuestras vidas; pero ¿qué ocurre cuando lo que hemos decidido guardar ahí no es tan pequeño? ¿Qué sucede cuando lo que guardamos es demasiado grande y demasiado importante para estar ahí encerrado?

Hace unos días conocí a una persona que ya cerca de los 45 años de edad, vive angustiado porque sus padres ignoran que es homosexual. Aunque nunca se ha casado y en los últimos años sus padres le han presionado para que dé el gran paso, ya que a su edad es mal visto que sea soltero.

El problema es aún más grave, últimamente el estrés que le genera la presión de sus padres le han ocasionado problemas de salud que se han vuelto más severos, pasando de ulceras a problemas cardiacos. Reconoce que si pudiera vivir su sexualidad de otro modo probablemente su vida sería más sencilla y le permitiría establecer una relación sana.

Los secretos, cuando encierran puntos fundamentales de la vida, terminan afectando nuestras vidas de  forma poco deseable, atormentándonos y afectando todos los terrenos de nuestra vida cotidiana, inundándonos de mentiras y falsas apariencias que acaban por causarnos un lastre del cual es más difícil  deshacerse a medida que pasa el tiempo.

En términos coloquiales, cuando una persona oculta su preferencia u orientación sexual, se dice que está “en el clóset”, ese término fue acuñado por los activistas de la diversidad sexual a lo largo de décadas para referirse a quienes ocultan su preferencia sexual, ahora ha trascendido y se refiere a quienes por una u otra razón ocultan sus preferencias sobre una u otra cosa. Así pues ahora hay americanistas, perredistas, panistas o fans del reggetón de clóset.

Más allá de lo trascendente del término, la decisión de hacer público o del conocimiento de quienes nos rodean, es estrictamente personal y a cada quién corresponde el derecho y la obligación de evaluar que tan conveniente es y cómo afecta o beneficia el sacar a flote aspectos fundamentales de nosotros mismos, como quienes nos erotizan o despiertan nuestro sentimientos.

La gran duda en todo este asunto es si vale la pena sacrificar parte de nuestra identidad, en pos de lo que los demás esperan o suponen de una persona; el clóset que vamos formando no está hecho de otro material más que de mentiras o verdades a medias; y entre una vida de honestidad y otra hecha de mentiras, ¿usted cuál elegiría?
 
 
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