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Página 1 de 2 Quisiera hacer unas breves reflexiones en torno a la participación política del movimiento LGBTTTI y en particular a la marcha como forma de participación para la transformación social.
Hoy, el movimiento LGBTTTI se debate entre la consolidación de sus logros y el avance en una agenda que tiene mucho más cercana a otras causas sociales que de proyecto estrictamente particular, como lo es la lucha por la no discriminación y la reivindicación de los derechos humanos de todos y todas. En la ciudad de México, hasta hace no más de 30 años la convivencia gay era una práctica clandestina, sometida a la sospecha y a la persecución policíaca. Después de años de lucha, de pleitos ante las autoridades de las delegaciones, en menos tiempo del que en un comienzo se hubiera podido imaginar, se produjo algo más que cierto cese de la represión frontal por parte del gobierno: comenzaron a aparecer espacios diversos y alternativos.
En la actualidad, lo políticamente incorrecto es la represión, la discriminación y la exclusión, al grado de que la palabra homofobia, entendida como el prejuicio que atribuye características negativas a las personas por el hecho de ser o parecer homosexuales, ha tomado carta de ciudadanía incluso en los medios de comunicación.
La vinculación de la causa gay con la de los demás grupos expuestos a la segregación, y el entendimiento del mismo colectivo de que su mejor argumento es el respeto a la dignidad humana, son factores que fortalecerán el surgimiento de la hasta ahora inexistente comunidad gay, derribando, al mismo tiempo, el ya inútil ghetto y la necesidad de notables o santones, para pasar a ser todos, simplemente, humanos.
Para empezar me parece preciso referirme a la dificultad de dar con un término que de cuenta de una realidad compleja como es la del colectivo al que este movimiento se da a la tarea de dar voz, reivindicar o defender en sus derechos:
Como lo expresa Paco Vidarte: “El hecho de hablar a todas horas del colectivo homosexual, de intentar dar una imagen de unidad ante los medios de comunicación o las instancias políticas, o más bien, el hecho de que desde las instancias de poder se nos unifique bajo el apelativo genérico de la población homosexual o gay tiene como consecuencia el establecimiento de una categoría: el o la o los o las “homosexuales” que uniformiza, homogeneiza y hace más fácil el trato con lo que se considera a partir de entonces un bloque uno y único con las mismas reivindicaciones, inquietudes y aspiraciones. Ello, sin embargo, no necesariamente es así, dado que dentro de eso que se llama lo “homosexual”, no sólo entran por igual gays y lesbianas, sino también bisexuales, transexuales, drags, travestidos, pederastas y todo cuanto se quiera hacer caber en este particular cajón de sastre.” (Paco Vidarte, 2000).
Esta dificultad también trae consigo la de definir el tipo de reivindicación a la que el movimiento LGBTTTI aspira: el reconocimiento dentro de un sistema preexistente de dominación (Jorge Arditi y Amy Hequembourg, 1999) para luchar por el acceso al matrimonio, al ejército, al clero, al reconocimiento de la maternidad lésbica, de la patria potestad de los hijos de las parejas del mismo sexo, etcétera, o bien, desde una perspectiva más bien queer a la identidad gay a partir del deseo y por fuera de definiciones opresivas o por decir lo menos, normalizantes (en términos de biopolítica a lo Foucault: como proceso por el cual el funcionamiento del poder a través de la norma que no sólo reprime la individualidad sino que también la constituye y le da forma).
Este debate tendrá un efecto decisivo en lo que entendemos por el movimiento, por sus formas de representación política y por consiguiente por el carácter de la marcha como su forma más visible de expresión.
Cornelius Castoriadis hablando del gay pride como una forma del conformismo contemporaneo Alain Finkiel Kraut (A.F.).—Disculpe; quería decir que ese culto a la juventud, en mi opinión, es interesante, y eso va más allá realmente del caso de Francia. La juventud se afirmó con gran fuerza en el 68 con una especie de potencial de rebelión; sin embargo ese conformismo sobre el que ambos están de acuerdo se. ilustra precisamente por el culto a la juventud. C.C.—Es una de sus manifestaciones. A.F.—Otra manifestación que me parece interesante es esa manera, como decía Péguy, de jugar a todas las cartas. Es decir: que cuanto más en el centro se está, cuanto más se está realmente dentro de la norma, de la norma actual, la norma de la actualidad y de los media, más se presenta uno como marginal, como subversivo. El Gay Pride se puede describir así; ustedes conocen esa gran manifestación que ha tenido lugar hace unos días: ha sido celebrada por todos los diarios, tenía todas las apariencias de la subversión radical... Me parece que es una de las modalidades del conformismo contemporáneo. (Cornelius Castoriadis, 1999).
Por otro lado se podría argumentar que la marcha lejos de ser un espacio de conformismo de la colectividad LGBTTTI, más bien es una multitud queer.
“La sexopolítica no es sólo un lugar de poder, sino sobre todo el espacio de una creación donde se suceden y se yuxtaponen los movimientos feministas, homosexuales, transexuales, intersexuales, transgéneros, chicanas, post-coloniales... Las minorías sexuales se convierten en multitudes. El monstruo sexual que tiene por nombre multitud se vuelve queer. (Beatriz Preciado, 2003).
“No hay diferencia sexual, sino una multitud de diferencias, una transversalidad de las relaciones de poder, una diversidad de las potencias de vida. Estas diferencias no son “representables” dado que son “monstruosas” y ponen en cuestión por eso mismo no sólo los regímenes de representación política sino también los sistemas de producción de saber científico de los “normales”. Beatriz Preciado “multitudes queer”.
Tal parece que en la realidad el campo de las identidades y las culturas en torno a la orientación sexual de gays y lesbianas es disperso, abierto y carece de unidad.
“Como aprendimos hace ya mucho tiempo de Michel Foucault (1971, 1972) , la experiencia vivida es dispersa, fluida, discontinua y es sólo el “discurso” y, esto es, el “poder”, quien la ordena. En este sentido la “formulación de identidades colectivas, está en el centro del nexo cultura/poder, de y una cultura dispersa y de un poder que ordena y cuyas manifestaciones actuales son variables” (Jorge Arditi y Amy Hequembourg 1999).
La misma formula LGBTTTI incorpora en una asociación un tanto arbitraria lo no heterosexual, colocando en un mismo grupo orientaciones o preferencias sexuales, identidades de género, prácticas sexuales no normativas y condiciones como la intersexualidad. Estamos ante un colectivo que se define por su oposición a la supuesta norma que sólo el discurso, el poder, ha establecido, y que se define a si mismo a partir de identidades colectivas mediante asociaciones arbitrarias y en referencia negativa: lo no heterosexual, lo distinto a la heterosexualidad.
El problema no es menor, toda vez que la identidad es el lugar de la acción política. No hay manera de establecer ni la aspiración igualitaria desde una perspectiva de derechos ni tampoco la subjetivización de la identidad queer sin el punto necesario de partida de la identidad.
Por otra parte es necesario señalar que la realidad misma de las personas LGBTTTI es mucho mayor que lo que el movimiento es capaz de representar. De hecho, viene muy bien a cuento la distinción que Juan Carlos Monedero (2009), de la Universidad Complutense de Madrid establece como distinción entre las formas de representación, siguiendo a Sartori: Por un lado la representación jurídica a partir de atribuciones legales, de orden jurisdiccional, siempre que esta representatividad sea efectiva y por mandato. Es distinta la representación sociológica que dice relación a la idea de identidad. En este caso el representante “es aquel en el cual el representado se ve reflejado como en un espejo. El representante pasa a ser un igual o alguien que va a defender los intereses del votante por pertenecer a la misma clase social, al mismo territorio o practicar una ideología similar.” En este caso estamos ante el concepto de consentimiento, mientras que en la representación jurídica se hace presente la obediencia. Finalmente la representación política que…“está emparentada con la idea de control y de responsabilidad del representante. El representante lo es porque se somete a la fiscalización de sus representados.” Aquí la idea central es la de responsabilidad y confianza.
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